Me saqué los zapatos y anduve descalza por doquier. Sabía que me sobraban varios kilos, pero igual seguí comiendo. Me puse la ropa más fea y cómoda que encontré en mi armario. Tomé gaseosa directamente de la botella. Grité el nombre de un amigo que estaba del otro lado de la avenida de la forma más grotesca que te imagines. Grité cada gol que metió mi equipo de fútbol. Me teñí el pelo de los colores más locos. Amé usar esas zapatillas favoritas que tengo desde hace un montón, que están hechas mierda y completamente sucias. Prefierí mil quinientas veces quedarme en casa viendo una buena película a ir a bailar. Me senté como mierda quise, no con las piernas cruzadas y derecha como esperan todos. A veces caminé encorbada y con los pies desviados. Tengo una sonrisa absolutamente horrible pero sonreí igual. Tuve días en los que no me maquillé simplemente porque no tenía ganas de hacerlo y salí a la calle como para una película de Tim Burton. Jugué a la play hasta alucinar. Algunas veces estuve tan nerviosa que me mordí los labios hasta que sangraran. Hice todo lo contrario de lo que esperaban que hiciera. Fui demasiado impulsiva, y a veces me jugó en contra. Tuve ampollas horribles en los pies por no querer parar de caminar con amigos. Tuve ocho días en los que viví a hamburguesa con queso y sobreviví.
No me arrepiento de nada.
Y muchas de las cosas las sigo haciendo y probablemente siga siempre.
¿Para qué ser una princesa...
si no existe el príncipe azul?